Una pregunta sencilla de escribir, pero difícil de contestar. Después de segundos, minutos o incluso horas, seguía ensimismada en sus pensamientos, observando el techo y buscando inspiración en cada una de las gotas del gotelé. Como dice alguna canción famosa,
se quedó “colgada” en las alturas.Comenzó redactando sus nombres y apellidos, su estatura y peso, su dirección… pero lo borró rápidamente al comprender que nada de eso la identifica, puede que sí de manera superficial, pero no para aquellos que la conocen. ¿Acaso si cambiara su nombre o ganara unos kilos dejaría de ser quien es?
Vuelve a intentarlo nuevamente, y escribe esta vez un gran monólogo, que le ocupa varias hojas, y en el que se pueden destacar ideas como:
soy la que no sabe cómo empezar nada, la que es demasiado tímida como para preguntar una calle pero demasiado descarada como para callarse cuando algo la molesta. Soy la que está siempre gritando, la que deja todo para última hora, la que no es capaz de escribir recto en un folio. La que dibuja cosas sin sentido, la que llora por casi todo, la que prefiere dibujos animados. Soy la que no puede dormir en silencio, la que se sienta por los rincones cuando está triste, la que no se peina. Soy aquella que siempre está preocupándose de todo, pero a la vez no arreglando nada. La que adora cosas que el resto del mundo no entiende. La que piensa demasiado pero nunca entiende nada. Soy la que escucha un tipo de música u otro según su estado de ánimo, la que no sabe disimular y se asusta fácilmente. De las que odian los domingos y se aburren comiendo guisantes. De las que se ponen tristes cuando comen verdura y tienen fallos tontos en los exámenes. De las que escriben miles que cosas que no saben terminar. Soy la que en momentos de lucidez piensa que va a arreglar el mundo, la que intenta controlarlo todo, la que soluciona la vida de los demás porque es más sencillo que intentar solucionar la propia. Soy la que odia los cambios, la que disfruta chupando la nata o el chocolate que queda en el plato. La que no puede parar de hacer estupideces, la que no sabe tomarse las cosas en serio, a la que le encanta tocar todo, la que necesita la aprobación de los demás para saber si ha hecho algo bien, la que puede hablar durante horas por teléfono, la que hay días que no quiere ni levantarse de la cama… Soy la que se pone nerviosa cuando intenta explicar matemáticas, la que no quiere vestir de gris, la que no puede escuchar una canción porque le recuerda a algo triste…
Sin embargo, y aunque había llegado a una definición bastante cercana a la realidad, ni siquiera aquellos folios consiguieron contentarla. ¿Qué había hecho que todas aquellas ideas formaran su personalidad, y no otras mil más? Y entonces lo supo, y sonrió. Hizo una bola con todos sus pensamientos anteriores y los enterró en el fondo de la papelera, como si nunca hubieran existido.
“Soy el resumen de cada una de las personas que ha pasado por mi vida”.No quedaba muy poético, pero era lo más cierto que había escrito nunca. Todo lo que ella era, todo lo que pensaba, estaba marcado por cada una de las personas que había conocido. Sus padres, sus amigos, sus profesores… incluso aquella gente a la que había llegado a odiar había dejado huella en su forma de ser. Eran ellos, todos ellos, los que describían quien era. A través de ellos sus vicios, sus manías, todo lo que era cobraba forma y sentido. Y supo que cada uno de ellos era importante, cada momento que había pasado con ellos la había hecho tal y como era, y aunque no todos eran buenos, si que de cada uno de ellos podía sacar una frase, una canción, un símbolo…
Y supo que por ello debía darles las gracias, gracias por haberla ayudado, abrazado, gritado, pegado. Gracias por haber estado al otro lado del teléfono, por haberla ayudado con los deberes. Gracias por haber recorrido cientos y cientos de tiendas en busca de unos zapatos. Por haberse quedado en silencio solo para ella supiera que estaban a su lado. Gracias por haber hecho una broma en el peor momento, por haberla bajado de las nubes, por haber hecho cosas que no querían hacer. Gracias por haberla animado con unas tortitas, por haberla defendido, por haberla acusado. Gracias por haber aguantado borderías, gritos e incluso insultos. Por haberla hecho comprender que no era el centro del universo. Gracias por cada regalo, gracias por cada sonrisa, por cada bronca. Gracias porque, aunque muchos de ellos ya no estuvieran, habían formado parte de su vida, y siempre serían importantes por ello.
Y así pudo volver a levantar la vista, contenta, esperando que todos ellos supieran algún día lo que habían significado, y que ella a su vez hubiera formado parte de la personalidad de otros muchos.